Venezuela parece estar confundida. La cotidianidad a la que aspira la población se desvanece ante
la ineficiencia de sus gobernantes y eso le agobia. Se lucha, cada día, por encontrar
lo que en circunstancias normales, debería abundar. Se lucha por
encontrar comida, medicinas y gente con optimismo.
El día viernes quince
de agosto llegué a Caracas buscando conocer una realidad distante de la mía, y, sin ánimos de menospreciar las dificultades
que sufren día a día los petareños, me di cuenta que no era tan
distante. En los barrios de Petare tampoco hay comida o medicinas
(a menos al precio legal), los servicios básicos tampoco satisfacen y la inseguridad tampoco les deja dormir tranquilos.
Sin embargo, Petare se me presento, llena de gente con optimismo.
Betty Díaz es una mujer
con una personalidad arrolladora y mucho entusiasmo. Está orgullosa
de su trabajo, que consiste en llenar de optimismo a todos los que
viven a su alrededor. Betty es una mujer de ojos brillantes y
coqueta, de verbo fácil y con chispa, gusta de compartir sus
vivencias y su conocimiento, dudo que alguna vez se vea cansada, y
parece de aquellas que, si se lo propone, toma el poder de lo que sea
que se le atraviese. Asumió el papel de líder social de su
comunidad así como una madre asume la crianza de un hijo. Betty cría, a través de su trabajo, a todos los que viven en el barrio Unión y
junto a varios de ellos logró un ambulatorio, un centro de cuidado
diario, un bulevar y una gran cantidad de personas que ahora se
sienten capaces de hacerse escuchar.
Chuchú en cambio es más
tímida, habla bajito y prefiere públicos pequeños. Sonríe poco y
tiene los ojos cansados. Prefiere quedarse junto a una pared, que
impide que la rodeen, y espera que otros le pregunten para contar que
gracias a su perseverancia, cientos de jóvenes petareños tienen un
espacio maravilloso para desarrollar sus destrezas deportivas. Unos estudiantes, como estos que la escuchaban asombrados, le concedieron el
proyecto. Ella contando y nosotros con piel de gallina. El afán de
Chuchú por que el terreno baldío cerca de su casa fuera aprovechado
la hizo trabajar sin descanso y hasta ir presa, pero no se detuvo
hasta conseguir que el Alcalde Carlos Ocariz culminara las obras del
Gimnasio vertical El Dorado, una joya según los arquitectos, pero
además para cualquier persona capaz de apreciar lo
apreciable. Chuchú dice que esto aleja a muchos muchachos de la
criminalidad y yo le creo. Si Chuchú pudo hacer un milagro, ellos pueden ser parte de él.
Carmen es una señora de
carácter fuerte. A diferencia de Chuchú y Betty, su impulso a
trabajar parece más el rencor hacia autoridades anteriores
incompetentes, que el amor hacia unos hijos extendido a todo el barrio.
Arruga la cara porque el sol es inclemente y esto la hace lucir más
enojada, pero su historia es la de haber logrado un espacio, que
aunque parece muy pequeño, significa mucho. Desde las altas ventanas
que se encaraman en los cerros todos nos miran, parece que no
acostumbran recibir visita, pero nadie pregunta mientras Carmen
habla. En la zona 6 del barrio José Felix Ribas los niños tienen
donde jugar pelota, los muchachos tienen por donde pasear y todas las
casas cambiaron un basurero por un lindo camino. Trabajaron por ello
y lograron construirlo olvidando las separaciones que genera la
política. Aquí todos ganan. Hasta Carmen, que gana un poco de alivio.
Lo que viene me da pena
contarlo, porque en la zona 2 del mismo barrio conocimos a una señora
cuyo nombre olvidé, pero no su trabajo. Tampoco el calor y el alivio
que nos brindó en un cafecito. A la escuela organizada por los vecinos
de la zona 2, subimos caminando; lo que incrementó el nerviosismo en
una maracucha presa de la impotencia que causa la inseguridad. Sin
embargo lo menos que uno quiere parecer es una turista asustada y con
el cansancio se olvida todo. Y luego con la lluvia. Se olvida todo
menos que esta señora recuperó una casa que había sido sido
comunitaria y dejado de serlo por cinco años, para transformarla en la
cuna de peluqueros, chefs, reposteros y manicuristas del barrio.
Todo ello en la planta baja, pues la planta alta sirve como prescolar
a cuarenta y ocho niños que estoy segura entran cada mañana felices, pues
cuentan con un espacio digno y logrado con el más grande cariño.
Lo que conocí en Petare
me lo traje a mi casa. Todos sufrimos la ineficiencia de los
gobernantes, que genera una realidad social conjunta, pero no todos
reaccionamos igual ante ella. Hay quien se va, hay quien se
queda, hay quien no puede elegir. Hay quien trabaja y quien no
trabaja. Hay quien prefiere sonreír. En Petare prevalece la sonrisa de la gente emprendedora, y quizás esto se extienda a todos los barrios
de Caracas y de Venezuela.
Para despedirme alguien de la ciudad me dijo que no me llevara la imagen falsa de un Petare que recibe cordialmente. Yo lamento que haya tanta gente, que sin la oportunidad de visitar Petare como lo visité yo, crea que me llevo una imagen falsa.
Para despedirme alguien de la ciudad me dijo que no me llevara la imagen falsa de un Petare que recibe cordialmente. Yo lamento que haya tanta gente, que sin la oportunidad de visitar Petare como lo visité yo, crea que me llevo una imagen falsa.