Mi
nombre es Yiniba Carolina y al igual que Génesis y Geraldine, soy
una joven venezolana que cree en un mejor futuro para este país. No
es mi intención convertirme en una heroína, ni ser mártir de este
movimiento, mi intención es que la gente me escuche. Tampoco creo
debería ser la intención de ninguno de ustedes convertirse en
próceres o morir por esta patria; sepan, jóvenes apasionados como
yo, que nada es más valioso que la vida que ronca en su pecho y nada
de lo que podamos lograr es más valioso que una gota de su sangre.
Nada podemos hacer para devolver el futuro a Génesis, Geraldine y el
resto de los caídos; ni podemos apagar con nuestras palabras el
dolor que hoy sienten sus madres. La lucha jamás debe ser entregar
nuestras vidas, porque este país no necesita un solo muerto más, ya
ha tenido suficientes. Más bien por el contrario, es por nuestras
vidas y por el reconocimiento de nuestra dignidad humana que debemos
luchar.
Debemos
luchar porque nos reconozcan nuestros adversarios, debemos reclamar
ante quienes nos gobiernan, nos reconozcan como personas dignas que
somos; que nos miren, nos escuchen y nos tomen en cuenta. Debemos
exigir el respeto de nuestras opiniones, por muy incómodas que
sean. Debemos exigir justicia y la validez de nuestra participación. Debemos exigir el cese de la represión en nuestra contra; porque
quien nos insulta, quien nos golpea o nos dispara, no nos reconoce
como personas, nos degrada a inferiores, a objetos o meras
circunstancias.
Debemos
exigir reconocimiento en todos los ámbitos de nuestras vidas, porque
del no-reconocimiento surgen los peores crímenes y las peores
injusticias. Debemos exigir reconocimiento de nuestros adversarios
reconociéndoles también, aunque sea duro, pues sólo es posible
salir de la imposición de una visión de mundo sobre otra, a través
del encuentro con el otro. Venezuela está urgida de este encuentro y
es este la única salida que soy capaz de visualizar ante esta
crisis. Está en nosotros elegir si dar o no el primer paso.
Hoy
somos las mujeres quienes convocamos, en una muestra de que este
clamor de cambio ha alcanzado mayores dimensiones. Las mujeres no
somos un grupo homogéneo, estamos en toda la sociedad: somos las
estudiantes, las trabajadoras, las madres, las profesionales, las
amas de casa, las adultas, las jóvenes; somos la representación de
todos los sectores. Pedimos reconocimiento quizás con mayor clamor
que el resto de las personas. Pedimos se nos reconozca como
igualmente dignas que los hombres porque somos tan valiosas como
cualquiera de ellos. No necesitamos “cojones”, ni “bolas”; ni
son relevantes nuestros “ovarios” en esta lucha. Nuestra dignidad
no se reduce a eso. Si un guardia nos reprime no es porque carezca de
“masculinidad” o se haya “afeminado”. Es porque ha elegido
estar del lado del opresor aunque esto signifique lastimar a quien no
posee la posibilidad de defenderse; o simplemente, porque ha perdido
su cualidad de individuo, de reconocerse a sí mismo y a otros, ante
el dogma de su líder.
Jamás
se avergüencen de ser mujeres o de cualquier aspecto relacionado a
serlo, porque las mujeres podemos lograr grandes cosas. Hoy hemos
logrados congregarnos aquí y unir nuestras voces en una sola lucha.
Hemos abrazado un movimiento que dista mucho de ser perfecto, que ha
enfrentado grandes y duros tropiezos, pero que tiene la voluntad de
mejorar y reinventarse. Es nuestro deber ahora propiciar el diálogo
entre nosotros mismos, y entre nosotros y quienes nos adversan; y
hacer de este un movimiento cada vez más incluyente, donde se
reconozcan todos los seres y se escuchen todas las voces, para que
así el cambio sea posible respetando todas las dignidades.
Jóvenes
estudiantes, si hemos decidido tomar el timón de esta lucha, es
nuestra decisión conducir este reclamo hacia un espacio donde puedan
reflejarse todas las voluntades; donde no se exija silencio a nadie,
donde no se exija lealtad absoluta a nadie, si no que se apele al
individuo y su libertad; para así poder alcanzar una verdadera
salida a esta crisis social que nos ha tocado a todos, sin
discriminación política y sin ninguna clemencia.
Sumo
mi dolor al de las madres de los caídos.