lunes, 18 de agosto de 2014

Cuatro mujeres petareñas

Venezuela parece estar confundida. La cotidianidad a la que aspira la población se desvanece ante la ineficiencia de sus gobernantes y eso le agobia. Se lucha, cada día, por encontrar lo que en circunstancias normales, debería abundar. Se lucha por encontrar comida, medicinas y gente con optimismo.
El día viernes quince de agosto llegué a Caracas buscando conocer una realidad distante de la mía, y, sin ánimos de menospreciar las dificultades que sufren día a día los petareños, me di cuenta que no era tan distante. En los barrios de Petare tampoco hay comida o medicinas (a menos al precio legal), los servicios básicos tampoco satisfacen y la inseguridad tampoco les deja dormir tranquilos. Sin embargo, Petare se me presento, llena de gente con optimismo.

Betty Díaz es una mujer con una personalidad arrolladora y mucho entusiasmo. Está orgullosa de su trabajo, que consiste en llenar de optimismo a todos los que viven a su alrededor. Betty es una mujer de ojos brillantes y coqueta, de verbo fácil y con chispa, gusta de compartir sus vivencias y su conocimiento, dudo que alguna vez se vea cansada, y parece de aquellas que, si se lo propone, toma el poder de lo que sea que se le atraviese. Asumió el papel de líder social de su comunidad así como una madre asume la crianza de un hijo. Betty cría, a través de su trabajo, a todos los que viven en el barrio Unión y junto a varios de ellos logró un ambulatorio, un centro de cuidado diario, un bulevar y una gran cantidad de personas que ahora se sienten capaces de hacerse escuchar.

Chuchú en cambio es más tímida, habla bajito y prefiere públicos pequeños. Sonríe poco y tiene los ojos cansados. Prefiere quedarse junto a una pared, que impide que la rodeen, y espera que otros le pregunten para contar que gracias a su perseverancia, cientos de jóvenes petareños tienen un espacio maravilloso para desarrollar sus destrezas deportivas. Unos estudiantes, como estos que la escuchaban asombrados, le concedieron el proyecto. Ella contando y nosotros con piel de gallina. El afán de Chuchú por que el terreno baldío cerca de su casa fuera aprovechado la hizo trabajar sin descanso y hasta ir presa, pero no se detuvo hasta conseguir que el Alcalde Carlos Ocariz culminara las obras del Gimnasio vertical El Dorado, una joya según los arquitectos, pero además para cualquier persona capaz de apreciar lo apreciable. Chuchú dice que esto aleja a muchos muchachos de la criminalidad y yo le creo. Si Chuchú pudo hacer un milagro, ellos pueden ser parte de él.

Carmen es una señora de carácter fuerte. A diferencia de Chuchú y Betty, su impulso a trabajar parece más el rencor hacia autoridades anteriores incompetentes, que el amor hacia unos hijos extendido a todo el barrio. Arruga la cara porque el sol es inclemente y esto la hace lucir más enojada, pero su historia es la de haber logrado un espacio, que aunque parece muy pequeño, significa mucho. Desde las altas ventanas que se encaraman en los cerros todos nos miran, parece que no acostumbran recibir visita, pero nadie pregunta mientras Carmen habla. En la zona 6 del barrio José Felix Ribas los niños tienen donde jugar pelota, los muchachos tienen por donde pasear y todas las casas cambiaron un basurero por un lindo camino. Trabajaron por ello y lograron construirlo olvidando las separaciones que genera la política. Aquí todos ganan. Hasta Carmen, que gana un poco de alivio.

Lo que viene me da pena contarlo, porque en la zona 2 del mismo barrio conocimos a una señora cuyo nombre olvidé, pero no su trabajo. Tampoco el calor y el alivio que nos brindó en un cafecito. A la escuela organizada por los vecinos de la zona 2, subimos caminando; lo que incrementó el nerviosismo en una maracucha presa de la impotencia que causa la inseguridad. Sin embargo lo menos que uno quiere parecer es una turista asustada y con el cansancio se olvida todo. Y luego con la lluvia. Se olvida todo menos que esta señora recuperó una casa que había sido sido comunitaria y dejado de serlo por cinco años, para transformarla en la cuna de peluqueros, chefs, reposteros y manicuristas del barrio. Todo ello en la planta baja, pues la planta alta sirve como prescolar a cuarenta y ocho niños que estoy segura entran cada mañana felices, pues cuentan con un espacio digno y logrado con el más grande cariño.

 Lo que conocí en Petare me lo traje a mi casa. Todos sufrimos la ineficiencia de los gobernantes, que genera una realidad social conjunta, pero no todos reaccionamos igual ante ella. Hay quien se va, hay quien se queda, hay quien no puede elegir. Hay quien trabaja y quien no trabaja. Hay quien prefiere sonreír. En Petare prevalece la sonrisa de la gente emprendedora, y quizás esto se extienda a todos los barrios de Caracas y de Venezuela.

Para despedirme alguien de la ciudad me dijo que no me llevara la imagen falsa de un Petare que recibe cordialmente. Yo lamento que haya tanta gente, que sin la oportunidad de visitar Petare como lo visité yo, crea que me llevo una imagen falsa.