La
racionalidad se fue a donde se fueron las formas democráticas que
muy pobremente mantenía este gobierno. Los estudiantes han hecho lo
que han podido, y ante la represión, la resultante impotencia los ha
llevado a perder la racionalidad que, desde su posición de juvenil
rebeldía, son poco capaces de mantener. Fantasean con ser una
resistencia efectiva; armada con piedras y bombas artesanales, ante
la fuerza bélica que durante años han cultivado las elites
militares de este país. Toda resistencia posible puede y va a ser
terrible y absurdamente eclipsada.
Con
Leopoldo López preso, pocas parecen ser las posibilidades de llegar
(por fin) a un movimiento organizado, capaz de evitar y defenderse
inteligentemente de la represión tripartita. No basta para este
gobierno utilizar a las Fuerzas Armadas Nacionales como una extensión
de sus intereses particularísimos; además utiliza a los cuerpos
policiales ganados a través de sus fichajes regionales y
municipales, para culminar con las burdas acciones perpetuadas por el
brazo anárquico de las milicias. Tres fuerzas bajo un mismo mando,
contra un grupo de estudiantes armados con su inocente valentía y
alguna utilería que en comparación no son más que juguetes,
desorientados a niveles indescriptibles.
No
creo que Leopoldo López haya sacado estas cuentas al convocar a los
estudiantes a la calle. No creo que hubiera sido capaz de prever que
toda la fuerza del Estado y su brazo anárquico irían a descargarse
en contra de unos carajitos armados con piedras, botellas y algún
otro invento. No creo que hubiera visto más allá de su exitoso
posicionamiento como líder y símbolo de la resistencia opositora.
No lo creo, porque pienso que de haberlo calculado se habría
ahorrado este llamamiento.
Ahora
los estudiantes y cuantos se han agregado ante la impotencia que
genera la terrible represión y las muertes de Da Costa, Montoya,
Redman, Mendez y Carmona; no conciben otra respuesta que la de la
calle, colocando sus propias vidas y el sufrimiento de sus familias
por debajo de lo que significa tener una “Patria” donde gobierne
su propio bando; junto a grandiosas y consecuentes aspiraciones de
mejoría, progreso, seguridad y futuro. Para los jóvenes Venezolanos
que hoy se enfrentan a la represión en las calles, salvar la patria
es más valioso que mantener sus vidas (¿y qué? ¿si al final
podrían perderlas frente al hampa?).
¿Y
cómo no va a ser así? ¿Cómo no van a querer darse enteros a la
patria? Si la cultura en la que crecieron se encargó de venderles
que no hay héroe más grandioso que Bolívar, y que “los que
mueren por la vida no pueden llamarse muertos”. ¿Cómo los culpo
yo, de enaltecer tanto esta causa, si así es como les educaron?
Si
es cierto que La Salida ha tenido sus logros. Logró quitarle las
máscaras democráticas a este gobierno (aunque era poco lo que
quedaba), logró darle espacio a la voz opositora en los medios
internacionales, logró que la oposición venezolana catapultara otro
líder, quizás más poderoso simbólicamente que el anterior; logró
que la comunidad internacional volteara hacia este continente y sus
particulares prácticas políticas, logró capitalizar el descontento
y crecer en el camino; pero nada, absolutamente nada de lo logrado o
lograble a estas alturas, es tan valioso como las vidas que se
perdieron.
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