La
Salida de la semana pasada, convocada por López y Machado, ya parece
muy distinta a La Salida de hoy. Todo parecía indicar, por la
experiencia del país en este tipo de manifestaciones, que acabaría
más temprano que tarde con el desánimo del grupo convocado; otra
vez los jóvenes decepcionados ante la indiferencia del gobierno y
sin saber que más hacer para ser atendidos. Resulta muy difícil
mantener en la calles a un grupo de personas sin organización, sin
dirigencia, sin objetivos definidos y con una meta tan lejana,
complicada y, si me permiten, “antidemocrática” como la de
provocar la renuncia del Presidente Maduro; y sin embargo, La Salida
parece, al menos por ahora, que logrará extenderse (más de lo que
en un principio logré prever).
Lejos
de pensar que las aspiraciones de López y Machado de perfilarse como
líderes de un movimiento fructífero se cumplan, lo que ha pasado
con La Salida es algo totalmente diferente. Pareciera que el gobierno
ha tomado un manual de “cómo evitar una rebelión social” y ha
hecho justamente lo contrario. Se han caído las pocas caretas
democráticas que quedaban, dando un verdadero motivo, tangible y
concreto, para que la gente se mantenga en la calle indefinidamente
(y mientras los ánimos lo permitan).
La
convocatoria del doce de febrero merecía ser de los estudiantes, por
celebrarse el día de la juventud; sin olvidar que habría sido muy
diferente sin el empuje que dieron los dirigentes de La Salida, y sus
ganas de “salir” del gobierno. Y son buenos para eso, para
empujar manifestaciones; es su papel en la política venezolana, pero
es evidente que no son los mejores organizando, planificando
objetivos y manteniendo el orden pacífico; para ello se necesitan
políticos profesionales, cuyo acompañamiento ha sido pobre y
lamentable. Si Lopez y Machado quisieran más calle que propaganda,
habrían estado allí hasta el final, y con un poco de voluntad,
habrían contenido algunos enfrentamientos.
Pero las manifestaciones estudiantiles son así, se salen de control;
y esta vez para encontrarse con la insensibilidad de este gobierno,
con la anarquía y con las frías balas de la represión. Da Costa,
Redman y Montoya con sus muertes y otros tantos con sus heridas y
desapariciones; pintaron de rojo las calles, las redes sociales, y
las ideas que alcanzaron ante el cerco mediático con que se bajó
las máscara este gobierno. Con NTN24 fuera de las cableras, las
amenazas a medios impresos y la evidente autocensura televisiva, no
hay manera alguna de disfrazar esto de democracia; se cayeron las
máscaras.
A
pesar de ello, las redes sociales parecen incendiarse a través de
las fotos, videos, comentarios, testimonios e interminables
convocatorias que se dan desde todos los frentes posibles; el
internet tiene más alcance que las piedras y los estudiantes lo
saben. Se incendian también las calles, las plazas, las
universidades, cada casa donde no llega el hijo, cada mente que se
encuentra en incertidumbre ante la desinformación; y el gobierno
lejos de tomar el extintor, ha decidido avivar la llama. Una vez más
damos muestra de la polarización; de la existencia de dos países en
uno, con realidades paralelas. Por un lado, los informados gracias a
las redes y a la calle; y los que pasaron la noche del doce viendo la
cadena por televisión, imaginando un país sereno detrás de todo
ello.
¿Estarán
los dirigentes políticos a la altura de esta situación? No lo creo,
al menos no por ahora. Me pregunto que pasará por la mente de Lopez
y María Corina en este momento. Cierto es, que han logrado el
objetivo de colocar sus nombres en la palestra, pero ¿era esto lo
que querían? ¿o se les ha salido de control? ¿asumirán la
responsabilidad de guiar las próximas manifestaciones? ¿o dejarán
“el pelero” a la dirigencia estudiantil?. La tarima está montada
y los único decididos a subirse parecen ser, los siempre
padecientes, estudiantes.
Artículo escrito el catorce de febrero de 2014 y que refleja las circunstancias de entonces.
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